CAPÍTULO — Martín, bajo fianza
Rosa no durmió esa noche.
No quiso tomar ninguna medicación. No quiso apagar la cabeza. Se quedó sentada en la cocina, con la cartera apoyada sobre la mesa, los papeles desparramados y el teléfono en la mano, mirándolo como si fuera un enemigo.
Tenía los ojos hinchados, la espalda encorvada y ese cansancio que no viene del cuerpo, sino del alma.
Estaba decepcionada.
Dolida.
Avergonzada.
Pero era su madre.
Cuando Lourdes le dio el nombre, Rosa no dudó.
—Carlos Ande