CAPÍTULO 99 — El precio de mandar a matar
La jefatura nunca dormía.
Era un organismo vivo, agitado, donde las puertas se abrían y cerraban sin pausa, donde los gritos de los detenidos se mezclaban con órdenes frías y pasos apurados. Todos decían lo mismo: soy inocente.
Pocos lo eran.
Esa noche, sin embargo, el ruido pareció detenerse unos segundos frente a una celda.
Mauro Sánchez estaba sentado contra la pared, con la cabeza apoyada hacia atrás y los ojos cerrados. El cuerpo le dolía enter