CAPÍTULO — El precio de mandar a matar
La jefatura nunca dormía.
Era un organismo vivo, agitado, donde las puertas se abrían y cerraban sin pausa, donde los gritos de los detenidos se mezclaban con órdenes secas y pasos apurados. Todos decían lo mismo: soy inocente. Pocos lo eran.
Esa noche, sin embargo, el ruido se detuvo unos segundos en una celda.
Mauro Sánchez estaba sentado contra la pared, con la cabeza apoyada hacia atrás y los ojos cerrados. El cuerpo le dolía entero. No solo por