La lujuria desapareció de los profundos ojos de Evander, reemplazada por el instinto asesino de un depredador al que le han tocado a los suyos.Se acercó al joven guardia, tomándolo por los hombros.—¿Quién se los llevó? —exigió saber Evander.—No lo sabemos, señor. Atacaron en la aldea sur. La tormenta cubrió sus rastros.Evander soltó al guerrero y se giró hacia el rincón de la habitación. Comenzó a vestirse a una velocidad aterradora, asegurando sus dagas en su cinturón.Iris se ajustó el vestido rápidamente y corrió hacia él.—Voy contigo —anunció ella, buscando su propio abrigo grueso.—No. Absolutamente no —la cortó él, mirándola con fiereza—. Hay una tormenta de hielo negro allá afuera. No estás acostumbrada a este clima extremo, Iris. Te congelarías antes de llegar al límite del bosque.—Mi luz me mantiene caliente. Puedo curar a los heridos si los encontramos a tiempo.Él la tomó por la cintura, deteniendo sus palabras de golpe.—Te necesito a salvo aquí adentro —le suplicó,
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