El cielo amaneció teñido de un gris opresivo, las ráfagas heladas cortaban la piel como navajas, pero la manada no se detuvo, retomó la marcha a través del terreno escarpado de las Montañas del Olvido, avanzando en un silencio denso. El ambiente vibraba con una tensión que dificultaba la respiración.No tardaron en encontrar la primera advertencia.Un rastro de sangre oscura manchaba la nieve prístina, marcando el camino hacia una cañada oculta entre dos muros de piedra. Allí, esparcidos como macabros trofeos, yacían los cadáveres de cuatro lobos rastreadores del norte. Habían sido masacrados.Evander desmontó con un salto ágil, sus pesadas botas hundiéndose en la escarcha. El magnetismo lúgubre de su figura se intensificó. Se arrodilló junto al cuerpo más cercano, examinando las heridas con una frialdad espeluznante.—No usaron plata —dictaminó él, limpiando la sangre de sus guantes con desdén—. Fue magia negra. El veneno los quemó desde adentro.Adham detuvo su montura, mirando la
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