La advertencia de Evander, áspera y cargada de una necesidad reprimida, había puesto fin a la noche, pero no a la tensión que se arrastraba por las paredes de la fortaleza Caine. Dos días después de la contienda en la frontera, la propiedad amaneció cubierta por una gruesa capa de nieve, anunciando la llegada del solsticio de invierno. En el sur, las celebraciones destilaban colores cálidos, festivales de danzas y flores durante el inicio del verano y la primavera. En el norte, se festejaba la supervivencia con una crudeza salvaje. En el jardín interior se encendieron enormes hogueras, y el aire se llenó del aroma a carne asada, pino y el bullicio indomable de una manada que agradecía un día más de vida. Evander solía rehuir de estas reuniones. Su figura, asociada a la violencia y al castigo, provocaba un respeto teñido de temor entre la gente de su propia manada, un recordatorio físico de las amenazas que acechaban en la oscuridad. Él era la Bestia del Norte, y su territorio
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