El amanecer del día treinta llegó con la suavidad de una promesa cumplida. Victoria despertó al sonido de los gemelos balbuceando en el monitor, sus vocecitas mezclándose en una conversación incomprensible que la hizo sonreír antes de abrir los ojos completamente. Alejandro ya no estaba en la cama; el aroma a café recién hecho y el murmullo de voces desde la cocina le indicaron que la casa había cobrado vida mientras ella dormía.Se incorporó lentamente, sintiendo por primera vez en meses que su cuerpo le pertenecía. Las heridas habían sanado, las pesadillas se habían espaciado, y los gemelos prosperaban de manera extraordinaria. Mateo había alcanzado los tres kilos y medio, mientras Luna rozaba los tres kilos doscientos gramos. Sus ojos, que habían nacido cerrados y arrugados como pequeños ancianos, ahora se abrían con curiosidad genuina, siguiendo mo
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