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El aire viciado de la instalación subterránea se había vuelto denso, cargado de una humedad que parecía adherirse a los pulmones como melaza. El contador digital en la pared marcaba 1:15:00 en números rojos que parpadeaban con la regularidad de un corazón enfermo. Roberto yacía contra la pared de concreto, su respiración entrecortada pero sus ojos sorprendentemente lúcidos para un hombre que había pasado décadas en cautiverio.

Carolina se arrodilló junto a él, sus manos temblorosas acariciando el rostro demacrado que una vez había amado con la pasión de la juventud. Las líneas del tiempo habían tallado surcos profundos en ambos, pero en este momento, bajo la luz artificial que se desvanecía, eran nuevamente los veinticinco años que habían sido cuando el mundo aún parecía lleno de posibilidades infinitas.

—Tengo

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