La Kawasaki rugió como una bestia herida cuando Valeria aceleró por la Avenida Constitución, esquivando un autobús urbano por centímetros. Victoria se aferró a la cintura de su cuñada, sintiendo cómo el viento nocturno azotaba su rostro mientras el cronómetro mental en su cabeza marcaba despiadadamente el tiempo restante: nueve minutos y treinta segundos.No me quites a mi hijo, rogó en silencio, cerrando los ojos mientras Valeria tomó la curva hacia Gonzalitos a una velocidad que desafiaba las leyes de la física. Ya perdí todo lo demás. Mi identidad, mi matrimonio, mi cordura. Pero no a él. Por favor, no a él.El semáforo en rojo los detuvo apenas dos segundos antes de que Valeria acelerara de nuevo, subiendo la motocicleta a la banqueta para evitar el tráfico. Los peatones se apartaron gritando, pero ella no redujo la velocidad. Ocho minutos y
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