Mundo ficciónIniciar sesiónEl termómetro marcaba cuarenta grados centígrados cuando Victoria lo retiró de la frente sudorosa de Mateo. El pequeño cuerpo se convulsionaba entre sus brazos, diminuto y ardiente como una brasa que se consumía desde adentro. Sus labios, antes rosados, habían adquirido un tinte azulado que helaba la sangre de Victoria.
—Sin tratamiento hospitalario, muere en seis horas —declaró el Dr. Salazar, guardando su estetoscopio con movimientos mecánicos que no lograban ocultar la gravedad de sus palabras—. La sepsis neonatal no perdona. Su sistema inmunológico es demasiado inmaduro para combatir la infección.
Victoria apretó a Mateo contra su pecho, sintiendo cómo cada respiración del bebé requería un esfuerzo sobrehumano. Luna dormía en el moisés improvisado, ajena al drama que se desarrollaba a centímetros de distancia. La diferencia







