Tres semanas tenían una manera peculiar de volverse costumbre.No por decisión, no por acuerdo explícito, sino por la acumulación silenciosa de pequeños gestos repetidos: la taza de café que Leonardo dejaba lavada en el escurridor antes de que alguien más bajara, la luz del cuarto de huéspedes que se apagaba puntualmente a las diez y media, los pasos cuidadosos sobre el corredor de madera que Victoria había aprendido a distinguir de los de Alejandro porque Leonardo cargaba el pie derecho con más peso, como si siempre estuviera a punto de frenar.Era un hombre que había aprendido a ocupar el menor espacio posible. Y eso, más que cualquier documento de ADN, le decía algo a Victoria sobre lo que había sido su vida.Esa mañana de martes, Victoria estaba en la cocina cortando jitomate cuando escuchó el crujido familiar de la puerta lateral del jardín
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