La luz de octubre entraba sesgada por los ventanales panorámicos de la Fundación Victoria Santibáñez, proyectando rectángulos dorados sobre el escritorio de cerezo donde descansaba el sobre manila que acababa de cambiar todo.Victoria observaba ese rectángulo anodino con la misma cautela que se reserva para los artefactos explosivos. Su nombre aparecía mecanografiado en la parte frontal, sin remitente, sin sellos postales que indicaran su origen. Simplemente había aparecido esa mañana entre la correspondencia regular, depositado por manos anónimas que conocían exactamente dónde encontrarla.Ocho meses, pensó mientras sus dedos rozaban el borde del sobre sin abrirlo todavía. Ocho meses de paz, de estabilidad, de construir algo hermoso sobre las cenizas del pasado. Y ahora esto.Marcus entró sin llamar, como acostumbraba cuando detectaba problemas. Su instinto
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