Mientras venían de regreso, Isabella pensó que, tal vez, lo mejor era dejar el pasado donde estaba, enterrado.Si Antonella no era su hermana de sangre, poco importaba. Habían crecido juntas. La había cuidado, protegido, amado como tal. Eso era lo único que realmente tenía valor. Más allá de nombres, cartas o verdades incompletas, Antonella era su hermana y siempre lo sería. Al llegar a la ciudad, fueron directamente a la de Joaquín. Él le pidió quedarse a almorzar y ella aceptó. Luego conversaron en la biblioteca sobre lo que ella pensaba hacer con aquella información. —Aún no lo sé. —respondió ella—. No quiero contarle a Antonella hasta tanto no sepa toda la verdad. Joaquín concordó. Tras la insistencia de su hijo de quedarse un poco más, las horas fueron transcurriendo sin darse cuenta. Ver a su hijo divertirse con Sebastián, le llenaba de paz, de alegría. Por primera vez, Isabella se permitió pensar que quizá debía darse una oportunidad con Joaquín. No lo dijo en voz alta
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