Ignacio llegó a casa justo cuando Valeria se dirigía al comedor para cenar. Apenas lo vio, se regresó hacia él y le preguntó por qué no había ido a almorzar esa tarde.
—Tuve que quedarme en la oficina. Había asuntos que resolver —respondió con frialdad.
—Por lo menos debiste avisar —replicó ella—. No me habría quedado esperando por ti.
El silencio duró apenas unos segundos antes de que Ignacio decidiera enfrentar a su mujer.
—¿Por qué me mentiste? —preguntó él alzando el tono de su voz—.