MILA. Apenas mi hermana se marchó, Sandro sentado a mi lado, acortó la distancia de golpe. Sus labios encontraron los míos en un beso voraz. Caí suavemente recostada contra el sofá, su peso, una presencia bienvenida sobre la mía. Mis manos, impulsadas por un deseo que me consumía, exploraron el contorno de su espalda, y más allá sintiendo la firmeza bajo su ropa. Se detuvo un instante, aún sobre mi. —¿Qué te parece si te ayudo a empacar? —susurró, con una chispa peligrosa en la mirada. Sabía el secreto oculto en sus palabras. —Sí —apenas pude responder, mi voz ahogada por la necesidad de perderme en él una vez más. Al entrar a mi habitación, la delgada prótesis de la nariz de Katya. Llamó mi atención recordándome que pronto terminará el día. Me apresuré a guardarla en el primer cajón, antes de que Sandro cerrar la puerta. Él me reclamó de inmediato, su impotente gallardía pegada a mi espalda baja, una fuerza silenciosa que me hacía sentir vulnerable y poderosa a la vez.
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