MILA Lucio salió de la habitación azotando la puerta. Solo entonces me permití respirar. Con manos temblorosas, comencé a desmantelar a la mujer que no soy: me quité el antifaz, guardé la prótesis de mi nariz en el cajón del tocador y me deshice del maquillaje. Bajo el chorro de agua de la ducha, intenté lavar el rastro de sus manos, pero el corazón seguía estrujado por la discusión. Me sentía fatal. Sabía que, aunque Lucio respetara mi petición, yo sería mi propia trampa. Aunque me entregara a él, jamás podría renunciar a Sandro. «Soy un maldito caos», pensé, antes de que el sueño me venciera por puro agotamiento. Al día siguiente, el despertar fue amargo. Convertirme en Katya de nuevo se sentía como una condena, especialmente con el fantasma de la pelea. Salí de mi habitación más tarde de lo habitual y, al pasar frente a la de Lucio, noté la puerta entreabierta; la cama estaba perfectamente hecha, fría y vacía. Bajé las escaleras directo al comedor, esperando el impacto de s
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