El vapor llenaba el cuarto de baño, envolviendo a Aria en una neblina densa que apenas le permitía ver su propio reflejo. El agua caliente golpeaba su espalda como latigazos, pero el dolor físico no era nada comparado con la tormenta en su cabeza. Al frotar su piel con el jabón, soltó un siseo de dolor. Se detuvo y, al limpiar un poco el espejo empañado, se quedó sin aliento. Su cuerpo era un mapa de la posesión de Vittorio. Tenía pequeñas sombras moradas en las caderas donde sus manos grandes la habían sujetado con fuerza, y una marca roja, violenta y evidente, adornaba la curva de su cuello. —Maldito... —susurró, rozando la marca con los dedos. De repente, el sonido del agua desapareció de sus oídos y fue reemplazado por un eco traicionero: los gemidos que ella misma había soltado la noche anterior. Cerró los ojos con fuerza, pero las imágenes regresaron. Recordó el peso de Vittorio sobre ella, el calor abrasador de su piel, la forma en que su voz ronca le exigía que lo mirara mi
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