El café estaba frío, olvidado sobre la mesa de mi oficina, mientras la ciudad respiraba sin pausas a través de los ventanales.Yo estaba sola, o eso creía, pero sentía cada movimiento, cada eco que llegaba del exterior como un recordatorio silencioso de que nada había cambiado, aunque los titulares lo dijeran.Los Vance estaban en la cárcel, y sin embargo, no podía evitar sentir que su sombra aún se proyectaba sobre mí.Los documentos estaban apilados frente a mí, auditorías cruzadas, informes internos, balances revisados varias veces.Todo parecía correcto, impecable incluso.Y sin embargo, había algo en la manera en que se habían reorganizado las presentaciones, los colores de las tablas, los comentarios al margen, que me hacía dudar.No era un error técnico, ni un descuido administrativo: alguien había movido los hilos, y yo podía sentirlo.Como siempre, era sutil. Como siempre, funcionaba contra mí sin que pudiera señalar a nadie con claridad.—Tú lo sientes, ¿verdad? —dijo Dorian
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