La noche del día veinte no descendió sobre Erika como una sombra, ni como un manto que cubre y apaga lo que queda del día. No hubo sensación de cierre. Fue, más bien, una profundización. Como si el espacio en el que se encontraba no cambiara realmente de estado, sino que se hundiera un poco más en sí mismo, llevándola con él.Erika no se dio cuenta exactamente del momento en que la luz bajó. No lo necesitó. Había aprendido a reconocer la transición sin depender de estímulos visibles. Su cuerpo lo registró primero: una ligera modificación en el ambiente, una calma más densa, una especie de suspensión en el aire que no estaba ahí durante el día.Estaba de pie cuando ocurrió.En el centro de la habitación.Sin moverse.Sin hacer nada en particular.Y, sin embargo, completamente presente.Sus brazos colgaban a los costados de su cuerpo, relajados, sin tensión. Sus hombros no estaban rígidos. Su respiración era constante, profunda, sin esfuerzo. No había ansiedad en su postura, ni esa vigi
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