El día veintiuno no se sostuvo como una estructura dividida entre mañana, tarde y noche. Se desplegó como una sola línea continua en la que el tiempo dejó de sentirse fragmentado. Erika no marcó el paso de las horas; las habitó sin necesidad de medirlas. Después de la salida de Damián, no se movió de inmediato. Permaneció de pie en el centro de la habitación, con los brazos relajados y la mirada fija en un punto neutro, como si estuviera permitiendo que lo ocurrido terminara de asentarse en un