La noche del día veinticuatro cayó sin imponerse, como si el espacio simplemente se recogiera sobre sí mismo para dar lugar a algo más íntimo, más profundo. No hubo ruptura entre la tarde y la noche; fue una transición suave, casi imperceptible, en la que la luz cedió lentamente y el silencio adquirió una densidad distinta, más envolvente, más presente.Erika no se movió de inmediato después de que la puerta se cerrara. Permaneció en el centro de la habitación, con los ojos abiertos, sosteniendo ese estado que ya no requería esfuerzo. Su respiración continuaba estable, profunda, alineada con ese sistema interno que ahora operaba con una precisión constante. No había picos, no había caídas. Todo se mantenía en un equilibrio que, lejos de sentirse frágil, se volvía cada vez más sólido.Pasaron unos segundos, o quizás minutos. El tiempo había dejado de tener la misma relevancia. Ya no lo medía en secuencias, sino en cambios internos. Y en ese momento… no había cambio. Había continuidad.
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