La noche no llegó de golpe.No hubo un apagón ni un descenso claro de la luz que marcara una frontera. Fue más bien una modificación sutil, casi imperceptible, como si alguien hubiera girado un regulador invisible apenas unos grados hacia abajo. Erika lo notó primero en los ojos. La luz seguía siendo blanca, artificial, pero ya no le agredía las pupilas con la misma intensidad. Luego lo sintió en el cuerpo: una pesadez distinta en los hombros, un cansancio que no pedía sueño sino pausa.Se quedó mirando el techo durante mucho tiempo.No pensaba en nada concreto. O, mejor dicho, pensaba en demasiadas cosas a la vez, todas superpuestas, sin orden. Fragmentos sueltos que aparecían y se desvanecían antes de poder atraparlos. Voces. Recuerdos. Sensaciones físicas.El cuerpo empezaba a pasar factura.Tenía las piernas entumecidas por la falta de movimiento real. Los músculos, tensos desde hacía horas, dolían con una molestia sorda y constante. Se giró de lado, luego boca arriba otra vez, in
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