Pasado mañana, llegué a la casa de los Márquez a las ocho de la noche. Era una mansión de dos pisos con jardines grandes y un porche con farolas de bronce —yo la conocía como la mía propia, había pasado muchas navidades y cumpleaños ahí. Cuando toqué la puerta, la abrió la señora Márquez, vestida con un vestido de terciopelo negro y con una sonrisa tensa.—Valentina, cariño! Entra, entra —me abrazó con fuerza—. Noé está en la sala, pero... Aurora también está aquí. Lo siento, lo intenté, pero él se negó a venir sin ella.—Está bien —respondí, aunque sentí un nudo en la garganta—. Ya lo esperaba.Caminamos hacia la sala. Allí estaba Noé, vestido con un traje gris que le quedaba bien, pero con el pelo despeinado como siempre. A su lado, Aurora: vestida con un vestido rojo brillante que le hacía parecer más alta, con el cabello recogido en un moño y joyas de plata que brillaban con la luz de las lámparas. Cuando me vio, su sonrisa se volvió fría.—Ah, Valentina —dijo, levantándose lentam
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