ELENA El frío no era un dolor, era un golpe que me robó el aliento en el primer segundo. La nieve me azotaba la cara como miles de cristales rotos, pero no me detuve. Joseph estaba afuera. El pequeño niño que me veía como su ancla estaba solo en la oscuridad, y si algo le pasaba, no habría fianza ni abogado que pudiera arreglar el agujero en mi alma. —¡Joseph! —grité, pero el viento se tragó mi voz. Corrí hacia el linde del bosque, donde creí ver una pequeña sombra. Mis pies, calzados con los tacones de la cena, se hundían y me hacían tropezar. Me caí, sintiendo la nieve quemar mis rodillas y rasgar la seda verde del vestido, pero me puse en pie. Lo vi. Un pequeño bulto azul bajo un gran pino, temblando violentamente. —¡Joseph! —llegué hasta él y lo envolví en mis brazos. Estaba helado, sus labios tenían un tinte azulado y sus ojos estaban cerrados—. Oh, Dios mío... mi niño, mírame. Estás bien. Elena está aquí. Me quité la parte superior del vestido, quedando solo en una fina pre
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