ELENA Seis meses después. Si alguien me hubiera dicho, mientras estaba sentada en aquel banco frío de la comisaría con el rímel corrido y el corazón roto, que terminaría así, me habría reído en su cara. Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido, y Alistair Vance tiene una voluntad de hierro. Hoy, la mansión no huele a sándalo y soledad, sino a flores frescas y a la tarta de chocolate favorita de Joseph. El jardín trasero ha sido transformado en un altar de ensueño, pero sin la rigidez de las galas de la alta sociedad. Aquí solo están los que importan. Me miro al espejo una última vez. El vestido de novia es sencillo, de encaje y seda, pero en mi dedo anular brilla el diamante de la familia Vance, ahora acompañado por una alianza de oro que simboliza mucho más que un contrato. —¿Mamá? Estamos listas —dice Chloe, entrando en la habitación. Ella y Mía llevan vestidos a juego en color crema y coronas de flores. Joseph viene detrás de ellas, luciendo un mini-esmoq
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