El trayecto hacia el estacionamiento fue una marcha fúnebre. Alistair caminaba delante de nosotros con Joseph en brazos; su espalda, ancha y tensa bajo la camisa de seda, gritaba que estaba al borde del colapso. Detrás, mis gemelas, Chloe y Mia, caminaban con la cabeza gacha, aunque se lanzaban miradas cómplices que me decían que no se arrepentían de nada. Subimos a su lujosa SUV negra. El olor a cuero nuevo y al perfume de Alistair normalmente me habría resultado embriagador, pero ahora solo me hacía sentir que estaba ensuciando algo demasiado caro para mí. —Cinturones —ordenó él. Su voz era tan profunda que vibró en el tablero del coche. Las niñas obedecieron al instante. Yo me senté en el asiento del copiloto, pegando mi espalda a la puerta, intentando ocupar el menor espacio posible. El motor rugió y salimos de la comisaría con una suavidad aterradora. —Alistair… —empecé, usando su nombre por primera vez, esperando que eso ablandara el muro de hielo. —Ni una palabra, Elena.
Leer más