A mediodía, el sol entraba con una insolencia radiante por los ventanales, iluminando cada rincón de mi prisión de seda. Alaric entró primero, vestido con sus galas de Alpha, irradiando un orgullo que me quemaba la sangre. Detrás de él, el aire se volvió pesado, saturado de un perfume de jazmín que conocía demasiado bien.Apareció ella. Elara Mendoza. Caminaba con una elegancia triunfante, luciendo un vestido que resaltaba una figura que, lógicamente, no debería estar tan recuperada tras un supuesto parto. Pero lo que me detuvo el corazón no fue ella, sino el bulto envuelto en mantas de encaje que cargaba en sus brazos.Mi hijo. Mi octavo embarazo, el único que Alaric permitió que llegara a término solo para arrancármelo de las entrañas.—Valery, querida —la voz de Elara era una melodía de falsa compasión—. No sabes cuánto lamento tu... condición. Pero mira el lado positivo: la manada finalmente tiene a su futuro Alfa.Alaric se acercó a ella y, con una naturalidad que me hizo querer
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