El gran salón de la manada estaba decorado con estandartes de plata y ébano. Cientos de lobos, desde guerreros hasta ancianos, se habían reunido para presenciar lo que Alaric llamaba "el nuevo amanecer". En el centro, sobre un estrado elevado, brillaban dos tronos de piedra. Alaric ya estaba sentado en uno, luciendo su capa de Alfa, mientras Elara, vestida de blanco nupcial, sostenía al pequeño Leo frente a la multitud.Yo fui conducida hacia un lateral en mi silla de ruedas. El vestido gris que Elara me obligó a usar me hacía parecer una sombra olvidada entre tanto brillo.—Pueblo de Piedranegra —la voz de Alaric retumbó en el salón, cargada de autoridad—. Hoy es un día de alegría y sacrificio. Mi compañera, Valery, debido a su trágica salud, ha decidido ceder su puesto. Ella misma entregará la corona a Elara, la madre de nuestro heredero, para asegurar el futuro de nuestro linaje.Un murmullo recorrió la sala. Muchos lobos bajaron la cabeza; aún me respetaban, pero el miedo a Alaric
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