Me quedé petrificada tras el grueso roble de la puerta del despacho. Cada respiración me costaba un esfuerzo sobrehumano; sentía que los puntos de sutura en mi vientre se abrían con cada latido de mi corazón roto. Pero el dolor físico no era nada comparado con el veneno que goteaba de la boca de Alaric.
—Extrae el útero de Valery —repitió Alaric, con la misma indiferencia con la que alguien ordena podar un árbol—. Hazlo ahora. Está bajo los efectos de la sedación por la caída, no sentirá nada.