El motor del coche blindado tosía humo negro mientras nos internábamos en la espesura de los bosques que rodeaban la ciudad. Nikolai conducía con los dientes apretados, su piel adquiriendo un tono grisáceo que conocía demasiado bien. Cuando finalmente el vehículo se detuvo frente a una cabaña de caza abandonada, oculta entre pinos centenarios, él se desplomó sobre el volante.
—Nikolai, mírame —le ordené, bajándome del coche y corriendo hacia su lado—. Tienes que aguantar.
Lo ayudé a salir del c