Pasaron ocho años desde que me mudé al sur, desde que me casé con Alejandro y construí una vida llena de amor, estabilidad y éxito. Nuestros hijos, Lucas y Sofía, habían crecido rápidamente: Lucas, de siete años, era un niño curioso y amante de los deportes; Sofía, de cinco, tenía los ojos azules de su padre y una sonrisa que iluminaba cualquier espacio. Mi trabajo como directora general de la región sur había sido un éxito: habíamos expandido la empresa, contratado nuevos equipos y llevado a cabo proyectos que habían marcado la diferencia. Alejandro y yo éramos felices —o al menos, eso creía yo hasta ese día.Era una tarde de otoño cuando recibí una llamada de un número desconocido. Al contestar, escuché una voz que reconocí de inmediato, a pesar de los años: Mateo. “Elena”, dijo, con voz temblorosa. “¿Estás ahí?” Me quedé en silencio, paralizada. Después de todo ese tiempo, después de cerrar ese capítulo de mi vida, él volvía a aparecer. “¿Qué quieres, Mateo?” pregunté, con voz firm
Leer más