Las ruinas de la batalla aún yacían sobre la Manada Luna de Plata cuando el sol se levantó, pintando el cielo de gris y oro. Los árboles del bosque estaban rotos, las murallas del castillo tenían hendiduras, y el aire olía a sangre y hierba quemada. Yo me sentaba en la terraza, mirando el paisaje, mientras Leo me vendaba la herida en el brazo —un corte que me había hecho Zara durante la lucha final.«¿Te duele?» preguntó Leo, con voz suave. Su propia herida en el pecho estaba cicatrizando, pero aún llevaba un vendaje.«No mucho», respondí, tocando el cuello, donde el fantasma del marcaje de Kael aún me dolía. «Pero siento su presencia. Aunque esté muerto, su sombra sigue aquí.»Rian se acercó, con la mirada seria. Había perdido a varios lobos en la batalla, y su corazón estaba lleno de tristeza. «Tenemos que reconstruir», dijo. «La manada necesita liderazgo. Tú, Lira, eres la heredera. Debes tomar el mando.»Asentí, aunque me sentía nerviosa. Nunca había imaginado liderar una manada,
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