La primera primavera después del último invierno no fue una estación, sino una revelación. El mundo no estalló de vuelta a la vida; la inhaló, lenta y vacilante, como un gigante que ha dormido largo tiempo y pone a prueba sus extremidades. Las llanuras grises eran ahora una alfombra de verdor, salpicada de flores silvestres de colores imposibles: azules profundos que centelleaban, rojos vibrantes que parecían pulsar con una luz tenue. El cielo era de un azul brillante y esperanzador, y el sol, una moneda de oro cálida en su inmensidad, proyectaba sombras que eran verdaderamente oscuras, un contraste marcado y hermoso con la penumbra uniforme del pasado.En un pequeño valle esculpido por el río recién nacido, una comunidad de supervivientes estaba echando raíces. No eran los antiguos habitantes que regresaban, sino almas nuevas, nacidas de la tierra sanada, con rostros marcados por la inocencia de un mundo sin historia. Conocían el hambre y la sed, el trabajo y el descanso, la alegría
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