El silencio que siguió a la declaración de Pyralis no fue una ausencia de sonido, sino una presencia. Era el zumbido profundo y resonante de una nueva realidad naciendo. Los cuatro —Ronan, Nini, Lyra y yo— permanecíamos en el centro de la cámara, con las cuatro motas de luz que él nos había dado brillando suavemente en nuestros pechos: una manifestación física de la Constelación. Ya no éramos solo una manada, una alianza o un Triunvirato. Éramos un único ser multifacético, una constelación de poder viviente.Los Huecos ya no eran una amenaza externa aterradora. Eran una congregación. Se habían reunido en la cámara, no como un vórtice arremolinado de hambre, sino como una audiencia fantasmal y resplandeciente. Ya no eran simples sombras; ahora tenían formas definidas, algunos parecidos a leviatanes, otros a grandes serpientes marinas, y otros eran seres aún informes de pura tristeza. Nos observaban, no con malicia, sino con un asombro ferviente y devocional. Esperaban la siguiente nota
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