El silencio que siguió al ataque de Jax fue un manto pesado y sofocante. La tripulación de El Serpiente de Mar se movía con una energía inquieta y asustadiza; sus ojos se desviaban hacia su formidable ejecutor y hacia su Alfa. Sus vínculos de manada, que alguna vez fueron una fuente de fortaleza, ahora se sentían como una vulnerabilidad potencial. Jax se había aislado en la popa; su figura masiva y encorvada era un monumento a la vergüenza. Miraba fijamente el agitado mar gris, con los nudillos