El silencio en la caverna era algo sagrado y frágil. Era el silencio de una profecía cumplida, de un mundo alterado de forma irrevocable. La manada del Espiral de la Serpiente, los Acechadores de la Arena, permanecieron de rodillas, no por sumisión, sino en adoración. Su líder, Zola, fue la primera en levantarse; sus movimientos eran lentos, reverentes, como si se acercara a una deidad. No caminó hacia mí, sino hacia Nima.—Hija mía —susurró, con una voz cargada de una emoción que era un complejo tapiz de amor, miedo y asombro. Extendió una mano, temerosa de tocar a la joven transformada que había criado.Nima miró la mano de su madre y luego la suya propia. Su piel brillaba con una luminiscencia interna suave, y sus ojos —esos vórtices de plata y negro— reflejaban un desapego cósmico y sereno. Ya no era la chica frágil y enfermiza que se aferraba a la vida. Era algo más. Algo distinto.—Sigo siendo yo, madre —dijo Nima. Su voz era la misma, pero diferente. Tenía una nueva resonancia,
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