La celda 402 nunca se había sentido tan grande, ni tan fría.Valentina estaba sentada en el borde de su catre, con las piernas recogidas contra el pecho, mirando la litera superior. Estaba vacía. El colchón desnudo, sin las sábanas remendadas de La Cobra, era un recordatorio brutal de su nueva realidad.Durante meses, el ronquido rítmico de La Cobra había sido su nana. Su presencia, una montaña de protección en un mar de tiburones. Pero La Cobra se había ido esa mañana, con su bolsa de pertenencias al hombro y una promesa de libertad.Ahora, el silencio era absoluto.Valentina apoyó la frente en sus rodillas. Las "Espartanas" de Tigra estaban fuera, haciendo guardia en el pasillo, asegurándose de que nadie se acercara, pero no podían protegerla de sus propios pensamientos.—Estoy sola —susurró al aire viciado.Las lágrimas, que había contenido frente a las otras reclusas para mantener su máscara de fortaleza, finalmente se rompieron. No era un llanto histérico; era el llanto silencios
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