La celda 402 nunca se había sentido tan grande, ni tan fría.
Valentina estaba sentada en el borde de su catre, con las piernas recogidas contra el pecho, mirando la litera superior. Estaba vacía. El colchón desnudo, sin las sábanas remendadas de La Cobra, era un recordatorio brutal de su nueva realidad.
Durante meses, el ronquido rítmico de La Cobra había sido su nana. Su presencia, una montaña de protección en un mar de tiburones. Pero La Cobra se había ido esa mañana, con su bolsa de pertenen