La pregunta quedó flotando en el aire, pesada y absoluta, llenando cada rincón de la habitación en penumbra. ¿Te casarías conmigo? Adeline dejó de respirar por un segundo. Su cuerpo se tensó contra el mío, pero no fue por la emoción de la felicidad, sino por un golpe de realidad fría y cruel. Ella se apartó lentamente de mi pecho, obligándome a mirarla. Sus ojos, que segundos antes buscaban consuelo, ahora estaban llenos de pánico. —No —susurró. La palabra fue un golpe seco. No hubo duda en su voz, solo dolor. —Adeline... —intenté hablar, pero ella negó con la cabeza frenéticamente, y las lágrimas que había logrado contener volvieron a brotar. —No, Damián. No puedes preguntarme eso ahora —dijo, su voz rompiéndose—. Mírame. ¡Mírame bien! —Te estoy mirando —dije con firmeza. —No, no lo haces. Estás mirando a la mujer que era antes de entrar a esa oficina —sollozó, señalando sus piernas cubiertas por la sábana con un gesto de rabia—. Ahora soy esto. Una mitad. No voy a dejar que
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