Bajamos del auto y el aire salino me golpeó el rostro, frío y húmedo. Caminé detrás de Jasper hasta el borde del acantilado, donde el terreno se volvía irregular y traicionero. Nos detuvimos allí, en silencio, observando cómo el mar chocaba con una violencia rítmica contra las rocas afiladas debajo de nosotros. El sonido del oleaje era ensordecedor, como si el océano mismo estuviera gritando algo que yo no alcanzaba a comprender.
Jasper se quedó inmóvil, con las manos en los bolsillos y la mi