La madrugada cayó sobre Lirien como un velo inquieto.No hubo estrellas.El cielo estaba cubierto por una masa de nubes bajas, densas, inmóviles, como si el mundo mismo contuviera la respiración. Las antorchas del palacio ardían con una luz inestable, y los hechizos de vigilancia vibraban con una frecuencia errática que los magos no sabían explicar.Ainge despertó de golpe.No fue un sueño lo que la arrancó del descanso, sino una presión súbita en el pecho, como si algo invisible hubiese apoyado una mano ardiente sobre su corazón. La Ceniza, sobre la mesa, brillaba con una luz opaca, rojiza, palpitante.Kael reaccionó al instante. Se incorporó, desenvainando el arma antes incluso de abrir los ojos por completo.—No estamos solos —dijo.Ainge asintió, llevándose la mano al cuello. Sentía un zumbido bajo la piel, una vibración que reconocía demasiado bien.—No aquí —susurró—. No físicamente.La Ceniza comenzó a levitar.No lo hacía como antes, obediente, casi dócil. Ahora temblaba, gira
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