La madrugada rompía lentamente sobre el Valle de los Montes Brumosos, y con ella, una calma tensa se extendía entre los guerreros de Skarn y los hechiceros de Lirien. Kael permanecía en la cresta de la colina, con Vidar a su lado, observando el valle con una atención casi sobrehumana. Sus dedos apretaban la empuñadura de su espada, no por necesidad física, sino para mantener el control sobre la oleada de emociones que bullían dentro de él: preocupación, deseo, incertidumbre y un fuego que no er