El zumbido del teléfono sobre el escritorio de caoba se sintió como una descarga eléctrica. Ariadna miró la pantalla y el nombre de su madre parpadeó con una insistencia que le revolvió el estómago. Apenas el día anterior había estado en su casa, justo antes de regresar a la mansión de Dante, y la tensión entre ambas todavía vibraba en el aire como un cable pelado. Con un suspiro de agotamiento, deslizó el dedo por la pantalla.
—¿Qué quieres, mamá? —preguntó Ariadna de inmediato, sin espacio pa