Casi dos años después, Dante Volkov volvió a ver el nombre de Ariadna impreso en un periódico digital mientras sostenía una taza de café frío entre las manos.
El apartamento amueblado que había rentado en Boston tenía ventanales amplios, muebles impersonales y una vista gris de la ciudad que no lograba interesarle en absoluto. No pensaba quedarse allí más tiempo del necesario. Aquel lugar no era un hogar, ni siquiera un refugio verdadero. Era una escala. Un punto intermedio antes de recuperar a