Dante llegó a la clínica con ropa limpia, el cabello todavía húmedo y una sensación de irrealidad clavada en el pecho.
Los hombres de Akira lo habían llevado primero a un hotel cercano, tal como ella prometió. No dijeron casi nada durante el trayecto. Uno condujo, otro permaneció sentado a su lado con una mano cerca del arma oculta bajo la chaqueta, y un tercero lo siguió en otro vehículo. Dante sabía que no era libre. Lo entendió desde el momento en que le quitaron las esposas y lo obligaron a