Akira regresó al salón con una cámara pequeña entre las manos.
Dante la vio aparecer desde el pasillo y sintió que la poca claridad que había logrado recuperar se mezclaba otra vez con el efecto de la droga. La cabeza seguía pesada, la pierna le ardía bajo el vendaje y las muñecas comenzaban a dolerle por la presión de las esposas, pero nada de eso consiguió distraerlo del aparato que su hermana colocó sobre la mesa baja frente a él. No era un objeto cualquiera. Akira no hacía nada sin una razó