La habitación de la clínica olía a ese desinfectante fuerte que a Ariadna siempre le revolvía el estómago. Estaba acostada, mirando el techo blanco, mientras el sonido del monitor fetal llenaba el vacío: pip, pip, pip. Era el corazón de su hija, latiendo rápido, como si ella también sintiera la tensión que había en el aire.Dante no se había movido de su lado en tres horas. Estaba sentado en un sillón, con los hombros tensos y la mirada clavada en la pantalla. Parecía que estaba tratando de hipnotizar el monitor para que nada malo pasara.—Los doctores dicen que fue un susto, nena —dijo Dante con la voz ronca, casi sin fuerzas—. Fue por el estrés y la ansiedad. No vas a dar a luz hoy, Ariadna. Estás bien, la bebé está segura.Ariadna no lo miró. Tenía el brazo frío por el suero y sentía un vacío en el pecho que ningún médico podía curar.—No fue ansiedad, Dante —le dijo ella, con la voz plana—. Fue la verdad. Mi cuerpo no aguantó saber que me has estado viendo la cara todo este tiempo
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