El sonido de un motor potente rompió el silencio de la madrugada en la entrada de la mansión. Ariadna se despertó sobresaltada, mirando el reloj de la mesita de noche: eran las tres de la mañana. Se había quedado dormida con la ropa puesta, rendida por el cansancio físico y el agotamiento mental de un día lleno de choques emocionales. Se sentó en la cama, frotándose los ojos, y escuchó el eco de la puerta principal cerrándose. Luego, esos pasos. Firmes, seguros, rítmicos. Era Dante. No necesitaba verlo para saberlo; el aire mismo de la casa parecía cargarse de una electricidad distinta cuando él cruzaba el umbral.La puerta de la habitación se abrió suavemente, dejando entrar un haz de luz del pasillo. La silueta de Dante se recortó en el marco. Venía con el traje algo arrugado, la camisa abierta en el cuello y la corbata colgando deshecha. Se veía agotado, con sombras bajo los ojos, pero en cuanto su mirada dio con ella, algo en su expresión se suavizó de inmediato.—Pensé que estarí
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