El Tribunal Federal de Miami era un monumento a la intimidación, con sus columnas de piedra blanca y sus techos abovedados diseñados para hacer sentir pequeño a cualquiera que cruzara sus puertas. Para Alexander Blackwood, sin embargo, el edificio no representaba la justicia, sino la última trinchera de una guerra que le había costado sangre y libertad.Sentado en el banquillo de los acusados, Alexander mantenía la postura erguida, a pesar del dolor residual en su hombro. Llevaba el mismo traje oscuro con el que se había entregado, ahora ligeramente arrugado, un símbolo de su resistencia. A su lado, Victoria Hale organizaba sus notas con una calma que desmentía la gravedad del momento: si la audiencia salía mal, Alexander sería trasladado a una prisión de máxima seguridad a la espera de un juicio que podría tardar años.La sala estaba abarrotada. La prensa ocupaba las filas traseras, ávida de ver caer al magnate. En la primera fila, los abogados de Apex Genesis, enviados por Julian Va
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