El restaurante quedó en silencio después de que Ámbar se fue.El anillo aún brillaba sobre la mesa, solitario, como si pesara toneladas.Matteo lo miró fijo durante un largo rato, sin parpadear.Su mandíbula se movía lentamente, apretada, mientras un tic nervioso le temblaba en la mejilla.El camarero se acercó con cuidado, rompiendo el aire tenso.— ¿Desea que retire el vaso, señor?Matteo levantó la mirada despacio. Sus ojos, antes tan serenos y calculadoras, ahora parecían dos pozos negros.—No —dijo entre dientes—. Déjalo.El mesero tragó saliva y retrocedió sin decir más.Matteo tomó el anillo con los dedos, lo giró entre ellos y sonriendo, pero esa sonrisa no tenía nada de humana.—Perfecto… —susurró con una calma helada—. Me dejas tú primero. Qué conveniente. Yo solo pensaba en nosotros.Se echó hacia atrás en la silla, respirando por la nariz con fuerza, intentando controlar el temblor de sus manos.Por dentro, su cabeza hervía. No quiere mirar a su alrededor, a los curiosos.
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