El chirrido de la puerta fue lo único que sonó cuando Diógenes entró a la habitación, arrojando la chaqueta hecha un trapo sobre la silla. La noche no había sido como esperaba. Creyó por un momento que las cosas se arreglarían con Ámbar.
Se dejó caer de espaldas en la cama, con la camisa abierta, el pecho sudoroso y la respiración todavía agitada por la pelea. Tenía los nudillos hinchados, la ceja partida, y en los labios un sabor metálico que le recordaba el whisky derramado y la sangre mezclá